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Punto de partida

Cuando me pregunto qué es lo esencial del Zen he de volver a la sustancia. Zen es recuperar nuestra conciencia original, quién somos realmente nosotros, y por tanto despertarnos a la realidad. Vivimos en un estado de conciencia donde vemos en función de la estructura del yo que hemos creado, del ego como elemento de referencia. Este ego, este yo de referencia no existe, es una falacia de nuestra mente. Por tanto el camino del Zen es vivir sin este marco de referencia. En este proceso de cambio hacia el despertar de esta ilusión, cambia todo en nuestra vida, nuestra forma de vivir, de ver las cosas y de ver la realidad. Cambian nuestros valores, las emociones que sentimos y la forma como usamos nuestra conciencia. Pero para ello este despertar debe enraizarse en nuestra vida.
Lo más importante a saber es que todo lo que buscamos realizar ya está ahí, está dentro de nosotros, está en medio de nosotros. Por ello la práctica del Zen es la práctica de la realización de lo que ya está. Es quitar los velos que impiden ver nuestro rostro original. Nuestro esfuerzo está en despertar y dar manifestación de lo que ya somos. Todo sentido de lucha, de búsqueda, de conseguir algo o de intentar llegar a algún premio es una falacia. Esto está muy metido en nuestra cultura (a través de nuestros méritos conseguir el paraíso, nada tiene sentido sin competición). Incluso en la cultura budista antes de Bodhidharma, era un continuo esfuerzo por librarse de la carga kármica. Sin embargo, indicando que el premio ya lo tenemos, que está “escondido” en nosotros, es un giro total de la concepción de la práctica y de la vida. Este es el aporte principal del Zen.

Lo que el Zen no es

Aunque se han escrito toneladas de libros sobre el Zen, el Zen no es una tradición escrita, un grupo de normas y procedimientos fijados para siempre, sino que es una experiencia, que se manifiesta de forma diversa en cada persona, en cada lugar y cultura. El Zen se guía por la frase del Buda: "Si vuestra experiencia contradice mis enseñanzas, guiaros por vuestra experiencia". Por eso fue definido como “un mensaje fuera de toda doctrina que apunta directamente al corazón y lleva al despertar”

Zen y Religión

El Zen no es una religión. Su origen como práctica se remonta a Bodhidharma en China, cuya práctica, en encuentro con muchos aspectos del Taoísmo se pasó a llamar Ch’an. En el fondo era un intento de recuperar la práctica y el método enseñado por el Buda. En ese tiempo (siglo IV-V A.C.) el budismo había decaído en prácticas rituales y devocionales. Se tenía la idea que realizar la propia naturaleza, despertar al nivel de conciencia del Buda y adquirir la Budeidad estaba lejano en el tiempo, tras un largo ciclo de vidas, y que no era útil esforzarse en la meditación y el intento de conseguirlo en esta vida. Por eso la propuesta práctica de Bodhidharma, con su “zazen contra la pared” en Shorïn-ji (Shaolin) fue revolucionaria. Estimulaba a alcanzar la visión real de uno mismo y de las cosas en esta vida al coste de lo que fuera, pues se consideraba, y se considera, la tarea principal de la persona, para sí mismo y para su contribución al mundo.
Por tanto la práctica del Zen, desde sus orígenes fue una práctica pegada a la realidad, sin dogmas ni referencias teóricas, que cada cual tenía que experimentar sin intermediarios, y que significaba abrir los ojos a la realidad de uno mismo y de lo que nos rodea. Para ello es necesario olvidar el ego, y colocarle en el lugar que le corresponde: el de las invenciones humanas.
El Ch’an fue transmitido a Corea como Son, a Vietnam como Thien y a Japón como Zen. Como la transmisión a Europa y América fue principalmente a través de Japón, de ahí el nombre conocido.

Zen o Budismo-Zen

Por tanto el Zen no es igual al Budismo Zen, si bien existe el budismo devocional que usa el Zen y lo combina con las prácticas basadas en los textos sagrados del budismo, no es correcto exigir a los practicantes del Zen la profesión del Budismo. Ésta ha sido una forma de pensar de muchos maestros. Afortunadamente hoy existe una tendencia mayoritaria a considerar el Zen como un camino universal de crecimiento espiritual. Se puede argumentar que el Budismo apenas es una religión. Y se puede aludir que el Zen no se puede aislar de sus raíces. Esto es así hasta cierto punto. Por un lado es cierto que en la práctica del Buda había poco o nada de posiciones filosóficas cerradas. El Buda no creó una religión. Propuso y abrió el camino para el descubrimiento de nuestra naturaleza original. Al igual que como en China fue necesario hacer la reflexión de cómo la práctica del Dharma se adaptó y confluyó con el Taoísmo adquiriendo la formulación del Ch’an, y en Japón la adaptación cultural creó formas de práctica con variaciones respecto al Ch’an, hemos de preguntarnos cómo la confluencia de la práctica del Zen en Occidente variará por el influjo de la cultura occidental y la tradición cristiana. Es necesario preguntarnos sobre cómo ha de ser la confluencia entre la práctica del Zen y la recuperación de la mística cristiana, que desgraciadamente no dio lugar hasta ahora a una corriente ininterrumpida de práctica, fundamentalmente debido a la censura impuesta sobre el camino místico desde la religión institucional.
Por ello el Zen tampoco puede dar lugar a un Zen cristiano. El Zen no es comparable a una religión. Está más allá de la religión o, dicho de otro modo, es la religión antes de la religión, dado que nos re-liga con nuestro propio origen, con nuestra propia sustancia elemental. En todo caso puede equipararse con la mística, como práctica que lleva a la conciencia unitiva sobre la experiencia divina sin intermediarios. Un cristiano, como un judío, un sufí o un budista utilizará el Zen como método práctico para alcanzar la experiencia, que en caso del cristiano toma la forma de unión con Dios, y que puede tener añadido un componente religioso o no. La palabra Dios es como, desde una posición de fe, el cristiano llama a la esencia, la naturaleza esencial, el medio divino de lo existente. Pero no podrá ya, si la experiencia es genuina, invocar la dualidad, sino que llamará a la unidad. Esta es la síntesis del dicho de Jesús en el evangelio de Tomás:"Cuando seáis capaces de hacer de dos cosas una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo exterior con lo interior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra hembra; cuando hagáis ojos de un solo ojo y una mano en lugar de una mano y un pie en lugar de un pie y una imagen en lugar de una imagen, entonces podréis entrar [en el Reino]"

No existe filosofía Zen

El Zen tampoco es una filosofía o metafísica secular. No encierra un set de dogmas o verdades o interpretaciones de la realidad que puedan ser aprendidas o discutidas. Es una experiencia abierta y de difícil transmisión pues entra en el plano no racional. En el Zen se aprende a no usar o no fiarse de las palabras, que son nuestra interpretación racional de lo que vemos, sentimos o pensamos. La percepción y transmisión de la experiencia de los grandes maestros siempre se expresa en la paradoja y la aparente contradicción: ESTO es y ESTO no es al mismo tiempo. - Lo esencial es lo no nacido, el vacío que es, potencialmente, las mil y una formas. - Todo está en cambio permanente, y es a la vez forma y vacío.

El Zen y la Razón

El Zen no es antirracional. Múltiples veces se ha confundido esto. Como el Zen habla que nuestra forma de razonar y percibir es falaz, y en la práctica lo que tenemos que hacer es no dejarnos llevar con los pensamientos, se suele atribuir a la forma de pensar racional un carácter negativo, malo, que debemos eliminar, entrando en una especie de conciencia de fusión infantil en el que la intuición y la percepción directa nos permitirá por fin ver sin velos. No, la práctica del Zen nos enseña que también la razón, nuestra mente, es ESTO. Y por tanto forma parte de la realidad y es un instrumento maravilloso, que permite avanzar y nos da un aparato de razonamiento y emocional que nos ha hecho crecer. El problema es que sea algo más que un aparato, un instrumento, y nos hayamos identificado con ella. Nuestra mente ha creado una identidad, nuestro yo, al que atribuir el papel de sujeto de nuestras acciones, desde donde analizamos, escogemos, rechazamos, y buscamos, en función de lo que atribuimos como nuestro interés, basando éste en nuestra interpretación de lo que es mío y de lo que no lo es. Por lo tanto la práctica del Zen lo que hace es recolocar el papel de la mente en nuestra vida, de forma que no se convierta en tapadera, en filtro de lo que entra o no. Y no permitir que lo haga en función de la falacia del yo.

El Zen un producto no terminado

El Zen no es una práctica terminada, con una metodología rigurosa que determina el camino, no es un entrenamiento ascético basado en normas rígidas, con un manual de instrucciones detrás. Aunque el punto final es común, las metodologías y formas de práctica tienen importantes variaciones que han dado lugar a diferentes escuelas de Zen. Y dentro de ellas existe un eclecticismo basado en la propia idiosincrasia personal. Un maestro de Zen experto debe reconocer esa idiosincrasia y adaptar la práctica en función de las circunstancias. La esencia del Zen no es el rito, ni siquiera las formas, aunque ellas son útiles sobre todo al principio en que el entrenamiento que la práctica exige hace necesaria una adaptación y entrenamiento de nuestro cuerpo y nuestra mente. Pero no es la esencia.

Zen no es solo zazen

Por fin el Zen no es solo zazen (meditación sentada). El Zen es una práctica global, que incluye el entrenamiento en el silencio, pero que también incluye la práctica en todos los momentos de nuestra vida. Éste es un error común que lleva de nuevo a parcelar la forma de vivir, y que es otra gran falacia. No podemos conectar con nosotros mismos en el silencio, y desconectar a continuación como si fuéramos enchufes. Al menos es un gran error hacerlo. El Zen no es vivo hasta que no se ha enraizado en la vida del individuo. ¡Cuántas personas han tenido experiencias de despertar y luego han pasado y su vida muestra las mismas contradicciones o más que antes! El trabajo real en el Zen es enraizar la experiencia.
El Zen es una práctica universal, que hoy ya pertenece a toda la humanidad. Es una práctica fuera de toda doctrina que marca el camino de evolución de la conciencia, y que lleva a la transformación completa de nuestra vida y la de todos los seres.

La esencia del Zen

¿Y cuál es, entonces, la esencia del Zen? La esencia de la práctica del Zen es el olvido del yo, y despertar a nuestra verdadera naturaleza, y así reconocernos sin barreras con todo lo que existe, y por fin y en consecuencia, dedicar nuestra existencia a la Gran Compasión. No hay ninguna meta que conseguir, ningún camino que recorrer, pues ya somos perfectos en nuestra naturaleza, ya somos lo que queremos conseguir. Cualquier pretensión de búsqueda, de caminos a recorrer, de entrenamientos extenuantes para ser sometidos a prueba, y finalmente recoger el premio, es otra trampa, otra falacia de nuestro ego. Por ello es tan fácil que tras una experiencia de despertar, grande o pequeña, el ego se infle, y utilice la propia experiencia para asentarse más. Esto es patético.
Todo el esfuerzo de nuestra práctica va dirigido a reconocer lo que realmente ya somos y manifestarlo. Para ello es necesario romper con las falacias que nos acompañan, profundamente enraizadas en nuestra forma de percibir.
Dogen, al definir la tarea a realizar decía en el Genjokoan:
"La práctica del Dharma es aprender quién es uno mismo. Aprender quién es uno mismo lleva a olvidar el yo mismo. Olvidarse uno mismo es hacerse uno con todas las cosas… A partir de aquí todos los restos del despertar desaparecen, y el despertar continúa incesantemente".
Por ello el camino del Zen es el camino del despertar. Empieza con la investigación de la duda de uno mismo, continúa con la pérdida, el olvido del ego, y lleva a la muerte del yo. Y de ahí al despertar, a ver la realidad directamente, sin la intermediación de la mente.

El primer paso y los tres requisitos

Por tanto el primer paso en la esencia de la práctica es la investigación sobre uno mismo. Esta investigación no es un recurso racional deductivo, por el cual estudiemos nuestra psicología y nuestras potencias, sino abrirnos a la pregunta de ¿Quién realmente soy yo? Esta pregunta introduce un elemento fundamental, que es la duda en que sabemos de forma terminada quién somos. La práctica lo que ha de hacer es llevar al extremo esta duda. La forma de hacerlo es a través de la duda ¿Quién soy? No lo sé.
Esta es la esencia de lo que quiere decir la Gran Duda. La gran duda es como la basurilla que se encuentra en el centro de la concha, sin la cual la perla no puede producirse. Esta gran duda es la pregunta que se repite y se repite en la práctica, y que actúa de motor para el despertar. La duda es principalmente ante la apariencia del yo. La duda sobre la inexistencia del ego ha de llevarse hasta el extremo.
Se han planteado tres requisitos esenciales para la práctica: la Gran Fe que implica creer realmente que ya somos. La Gran Duda, que pone en tela de juicio todas nuestras convicciones terminadas, y nos exige vaciarnos. Pone principalmente en tela de juicio quién realmente somos. El proceso práctico de practicar la duda es llevar al extremo la hipótesis de que realmente no somos ese ego que realmente damos por hecho. Y si no somos ese ego ¿qué somos? Una vez que la práctica se profundiza, ya que este proceso no se hace dando vueltas a la cabeza sino con cada respiración, con cada momento de atención, al llegar a la convicción de la falacia del ego, antes o después y, aunque sea por un momento, el ego se olvida, en el centro de la experiencia, y esto abre la puerta para ver nuestra realidad, y para ver la realidad de todo. Y este es un momento liberador, dure poco o mucho. Para ello hace falta la Gran Voluntad, la tenacidad necesaria para continuar y avanzar aunque nos cueste la vida. ¿Qué hay más importante que esto, no solo para nosotros sino para nuestra aportación al bien de todos los seres?
Pero tengámoslo en cuenta. No es lo mismo aceptar esto en teoría que vivirlo, que enraizarlo en el fondo de nuestra conciencia. Pues lo que sí está profundamente enraizado es esa identidad con la falacia del yo individual y separado. Hacerla desaparecer en todas las circunstancias es una tarea de toda una vida. Experimentar la verdadera naturaleza es Satori, Iluminación. Enraizarla en la propia vida, y extenderla más y más en cada cosa que hacemos es la tarea real del Zen.

En esta experiencia algo muy esencial sucede: la experiencia de Unidad. No existe separación, no existe barrera, no hay realmente una identidad separada. En consecuencia lo que somos es unidad con lo que son otros, y con lo que son todos los seres. De ahí surge una gran fuerza de compasión que es la guía de la vida.

Desde el vacío a la forma

A partir de ver disminuir y luego desaparecer nuestro egoico marco de referencia, vemos la realidad con otros ojos. Sentimos en nuestra esencia la comunión con todo, con los animales y las plantas, con las cosas. ESTO está en todo, y nosotros somos ESTO. Esta realización puede ser deslumbrante o progresiva pero lo importante es actuar y vivir desde ella. Nuestra relación con los demás, por qué hacemos las cosas, qué es grande y qué es pequeño, nuestros valores, todo adquiere un tono diferente. Y aunque permanece el dolor, e incluso éste se hace más intenso a veces al ver más directamente, desaparece el sufrimiento, que es la neurosis del dolor, consecuencia del ego que no puede conseguir lo que desea.
Este proceso no abarca al principio a todos los aspectos de lo que vivimos y hacemos. Vemos una gran contradicción entre nuestra experiencia y nuestro comportamiento egoico en ocasiones, fruto todavía de que nuestra vida no está integrada, de que existen muchas áreas en las que nos seguimos comportando como la persona vieja, la persona encerrada en el ego que no quiere morir. Incluso en múltiples ocasiones nos sentiremos muy confusos y perdidos, pues se nos ha puesto en tela de juicio nuestra forma de entender el mundo, de interpretarlo. Por ello deberemos aprender de nuevo a utilizar nuestra mente, al tiempo que comprendemos y captamos de otra manera. Esto es lo que se llama una mente iluminada. Este es un proceso lento y escondido, mientras mantenemos encendida la lámpara de nuestra práctica, reactivando una y otra vez nuestra experiencia. Un día nos daremos cuenta que estamos mirando a otros y nos estamos viendo a nosotros mismos, y aceptaremos esto como algo natural.

Todo cambia

Hay otro dicho de Jesús en el evangelio de Tomas (dicho 42) que dice: "Haceos transeúntes". Este dicho entronca con otro aspecto esencial de la realidad y que pretende realizarse con la práctica del Zen: Toda cambia, y esto es una realidad para todo lo que existe.
La aceptación del principio de la transitoriedad está totalmente unida a la comprensión de nuestra propia naturaleza. Si aceptamos que todo cambia, nosotros, todo lo que existe, todo lo que tiene expresión y forma, realmente comprendemos que somos un fluir continuo, y la realidad de nuestra propia identidad como yo separado e inmutable es nula. Somos simplemente, nada más y nada menos que la expresión de lo eterno en el mundo fenoménico en este aquí y este ahora. Y nuestro ser, nuestra existencia, es esencialmente diferente, esencialmente distinta y completamente nueva en cada instante. Siempre estamos empezando, puesto que nuestra vida en este momento es única. Esto realmente es a lo que se refería Shunryu Suzuki con: “mente de Zen, mente de principiante”.
Este cambio continuo es un cambio universal. Todo está interrelacionado, nada es independiente ni tiene vida separada. Esta es otra forma de ver la experiencia. De esa forma lo Uno es lo que continuamente cambia. El BHAGAVAD GITA menciona: “Solo Dios está naciendo en todo momento, no yo, no tú”. Esta es la experiencia del Zen, contemplar la vida como el salto continuo de la forma al vacío, muerte/vacío, vida/existencia/forma y muerte/vacío, como maneras simultáneas de la realidad. Y nosotros ahí, no separados, ahí, evolucionando con todo.

El presente eterno

Zen es la realización del espacio sin tiempo en el momento presente. Cuando avanzamos en la práctica comprendemos que la vida que vivimos es tan solo este preciso momento que debe ser realizado en su totalidad, en su plenitud. Solo en él es posible la manifestación. Y la realización del momento presente, en su pureza es un espacio sin tiempo, de forma que por la experiencia se graba una y otra vez en nuestra vida y nos lleva a la plenitud, al éxtasis. Por eso la práctica del Zen es la práctica del aquí y ahora. Esta no es una experiencia que se vive así, sin más, chasqueando los dedos. De hecho la práctica está llena de frustración y de dudas, que nos acompañan continuamente. Por eso es un proceso abierto de descubrimiento.

Cómo practicar

Empezamos a meditar

La práctica del Zen comienza y continúa permanentemente con la práctica de zazen, de la meditación sedente. A él debemos dedicar el esfuerzo máximo según nuestra energía. En zazen nos iniciamos en el trabajo de la quietud. Quietud física, quietud energética, quietud mental/emocional. De forma que podamos aquietarnos en el silencio. Se trata de hacer silencio, y de lograr que nuestra mente esté focalizada en este momento, sin irse a su costumbre de cabalgar sin rumbo con los pensamientos.
No se trata de obtener un estado especial de conciencia. Se medita con el cuerpo. El hecho de adquirir una postura adecuada y de respirar, haciendo presencia del momento, es ya el estado de mente adecuado.
En el silencio nuestra mente poco a poco se aquieta. Los pensamientos son como las olas en medio del océano. No hay que luchar contra las olas. Se requiere un esfuerzo para estar aquí, para estar en atención a lo que pase, pero si mantenemos nuestro foco en la respiración, poco a poco las olas se aquietan. Entran y salen. No nos vamos con las olas. Tampoco luchamos contra ellas. Estamos aquí, atentos a lo que venga y concentrados en nuestra respiración. Cualquier lucha con nuestros pensamientos se convierte en un disturbio. Lo importante es no identificarse con ese flujo mental que no cesa. Si nos distraemos con algo externo, si nos vamos con una emoción, o con un recuerdo, entonces nuestro yo aparece y empieza un discurso de hacer o no hacer, de rechazar, de recriminar, etc. En ese momento debemos activar nuestra alerta y volver a esta presencia, a este momento, y desde ahí observar, en paz. Poco a poco la práctica refinará nuestra actitud, y el océano se volverá calmo, la respiración estará allí, moviéndose lentamente con suavidad, los pensamientos y distracciones aparecerán y desaparecerán, y todo estará bien.

No es una competición, es una manifestación

No hay que perseguir nada, no hay que conseguir nada. Nuestra práctica está dirigida a manifestar nuestro rostro original. Por ello cuando nos sentamos en zazen, no busquemos hacerlo mejor, o conseguir romper o atravesar algo. Debemos sentarnos con la conciencia de que ya somos lo que buscamos y solo esforzarnos por hacer presencia de lo que somos. Esto cambiará por completo nuestra actitud. Quizás hemos entrado en el Zen con el miedo o la prevención de que es una gran lucha o un camino largo en que existen muchas barreras y trampas. Aparentemente así es pero la realidad es que no hay ninguna lucha que hacer. Solo hay que ser lo que realmente somos. El Zen exige una profunda disciplina, un esfuerzo importante, pero todo va dirigido a romper el velo que nos separa de nosotros mismos, de nuestro verdadero rostro. Es importante que nos sentemos con la actitud de que no hay ninguna batalla que ganar, ni ningún premio que conseguir.

No dualismo

Ni siquiera deberemos distinguir entre la vida de las mil formas, y el vacío de paz en el que queremos encontrarnos. Nuestro hábito a dualizar (a vivir en el dualismo) produce esta trampa. Allí estamos sentados, respirando, con una conciencia de vacío, y ahí está nuestra vida y nuestras distracciones, como las formas que interrumpen la práctica. Debemos ser uno con la vida, con las formas, y ser uno en la experiencia del vacío. Sin perturbarnos. No busquemos eliminar la forma para quedarnos en el vacío. Vacío y forma han de mezclarse, ir juntos. Acepta todo en cada momento tal como es: el dolor de las piernas, la distracción, la respiración, el silencio, el espacio vacío. Solo mantente alerta, en plena atención.
Cuando empezamos la práctica, la disposición debe ser: ¡Entrega tu vida! Como decía Dogen: “arrojar cuerpo y mente”. Es fácil decirlo pero hacerlo es más difícil. Sin embargo, si de una vez por todas no nos entregamos con todas nuestras fuerzas a la intensidad de perdernos, morir a nuestro yo, y renacer al espíritu, nuestra tarea será en vano. Una vez que lo hacemos, un nuevo mundo se nos abre. Un mundo sin apegos ni angustias, lleno de belleza y de paz, donde nuestra entrega a las tareas de compasión y comunión viene a ser nuestra vida natural.

De la quietud a la pregunta

Una vez que el silencio se ha hecho, poco a poco nos abrimos a la pregunta y a la duda, a investigar en cada respiración quién es este que respira. ¿Quién soy yo? No lo sé.
La práctica del Zen, - dice Hakuin Zenji - es como frotar la madera para hacer fuego. La forma sabia de hacerlo es seguir y seguir sin parar. Si tú paras al menor signo de calor, y luego vuelves a parar en el momento en que aparece un poquito de humo, incluso aunque practiques por tiempo interminable, nunca veras aparecer el fuego…

Simplemente estar sentado

Shikantaza (simplemente estar sentados) es un proceso de vaciarnos, de eliminar las capas de cebolla que atribuimos nuestras o entendemos esenciales nuestras, dejando un espacio vacío de presencia, de estar aquí, no dejando que nada ni nadie nos lleve de este momento de estar aquí y vivir esta presencia, presencia que no puedo llamar yo, que no puedo llamar mía, pues la estoy viviendo, en plena atención. Poco a poco voy dejando fuera las cosas que me vienen y sigo allí, vacío, en el aire, experienciando el significado de este momento presente. Aunque no hago ninguna pregunta, no intento llegar a ninguna parte, solo pretendo que esta presencia esté viva, este aquí, sea la realidad de este momento.

Del zazen a la vida ordinaria

Esta práctica continúa en nuestra vida ordinaria. Trabajaremos focalizadamente, realizaremos el silencio en nosotros en medio de la actividad, incorporaremos nuestra visión en las cosas que hacemos y en nuestras relaciones. Transformaremos nuestras decisiones en función de ellas. Incluiremos la incertidumbre y la escucha en cada momento. Valoraremos el presente. Por eso el campo de la práctica es realmente nuestra vida, siendo el zazen, el ejercicio en el que nos alimentamos.
Nuestra relación con nosotros cambiará. Estará más llena de esencia, más solidaria, más amorosa, más compasiva. Y nuestra propia presencia en el mundo también. Nos incorporaremos a hacer la vida, a ser miembros activos de la comunidad, como parte de lo natural de las cosas, no como una disciplina ética.

¿Qué es iluminación?

Para la gente que comienza el Zen, estar iluminado, vivir despierto es como algo maravilloso, el verdadero gran premio a conseguir. Sin embargo es nada. Así lo ve quien se ha abierto y despertado. Simplemente ha comprendido la realidad. Como dice Shunryu Suzuki, “la madre que no ha tenido el niño, piensa en ello como algo esencial, una maravilla. Una vez que el niño está ahí, y crece, y siempre se encuentra a nuestro lado, se convierte en algo natural”. No tiene sentido pensar sobre estar o no estar. Así es el despertar. Debemos sentarnos, y practicar el zazen por el zazen mismo. No por conseguir ninguna iluminación o estado extático esotérico.

Hay una historia:

Cuando se le preguntaba por su Iluminación, el Maestro siempre se mostraba reservado, aunque los discípulos intentaban por todos los medios hacerle hablar. Todo lo que sabían al respecto era lo que en cierta ocasión dijo el Maestro a su hijo más joven, el cual quería saber cómo se había sentido su padre cuando obtuvo la Iluminación. La respuesta fue: "Como un imbécil". Cuando el muchacho quiso saber por qué, el Maestro le respondió: "Bueno, verás..., fue algo así como hacer grandes esfuerzos por penetrar en una casa escalando un muro y rompiendo una ventana... y darse cuenta después, de que estaba abierta la puerta".

Continuar

Este proceso es un proceso de depuración y de cambio continuo, es una práctica que se va encarnando en nuestra vida y que exige profundidad. Participaremos en retiros, haremos práctica intensiva, hayamos pasado por experiencias de transformación o no, y depuraremos nuestra existencia en un sentido armonioso y ético. Seguiremos el camino del Bodhishattva, buscando siempre salvar a todos los seres, al comprender que no hay más que un único ser.
Zazen es realizar la manifestación de nuestro ser original en el silencio. En sí mismo es ya la manifestación. Vivir en Zen es manifestar nuestro rostro original en la actividad cotidiana. Por ello debemos practicar con asiduidad, todos los días, y esto cambiará nuestra vida de una forma misteriosa, que no esperamos. La práctica diaria, y la vida centrada en el silencio es el corazón de la práctica. Durante siglos la práctica del Zen estuvo restringida a la vida monástica. Hoy es una práctica universal que se combina con la vida ordinaria. Y esto está bien, pues practicar zazen es el entrenamiento para vivir Zen. El Zen vivido es la manifestación de nuestro rostro original, no dual, la expresión de la unidad en cada momento, en cada situación, de forma que nuestras decisiones, nuestras opciones, nuestros momentos se sientan iluminados por esta visión.

Esto es la esencia del Zen.

Yúrin Mokuden Basalo
monje Zen
Despertar - Dojo Zen

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